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martes, 27 de enero de 2026

Y a ti, ¿dónde te duele?

El virus de moda pone a prueba tu humor, pero no hay mal que dure cien años ni queja que lo resuelva...

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 27/01/2026
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Y a ti, ¿dónde te duele?
Lo que parece malo, puede tener sus ventajas. (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

Hace poco tuve que hacer una visita en la barriada de Mónaco y me tocó presenciar una escena digna de una película de absurdos. Caminaba distraída por la avenida cuando escuché a una señora saludar a otra que a duras penas avanzaba desde una bocacalle, y yo, chismosa sempiterna, demoré el paso para verlas interactuar.

Fulana, ¿qué tal te lleva el virus?”, preguntó la primera con la frase de moda, y la otra extremó sus ademanes de ópera zombie para responder: “Ay, mija, ¿qué te voy a decir? Yo estoy peorrrr que toooooodo el mundo… ¡Si hasta tengo que pedirle permiso a un pie para mover el otro!”.

Lo paradójico del asunto es que más atrás venía un señor a quien faltaba una pierna, y al oír tal afirmación frenó sus muletas con los codos, abrió los ojos bien grandes y levantó las manos al cielo para canturrear: “¡¿Y cómo quedo yo?!”.

No me gusta solazarme con la desgracia ajena, pero aquella coincidencia me pareció tan extravagante que me reí a gusto, y esa risa resultó terapéutica: llegué a casa de mi amiga sin acordarme de mis propios dolores en tobillos y muñecas.

El Chiku puso a prueba la paciencia de casi todas las personas que conozco a lo largo de este archipiélago, y quienes se han librado lo confiesan con los dedos cruzados, porque no tiene explicación ni han hecho nada especial para ganarse “tal descuido”, como bromeaba un chofer de almendrón.

Aquel joven pasó todo el viaje ofreciendo su sangre para crear una vacuna salvadora, porque en su edificio cayó todo el mundo y él seguía ileso: “Dice mi suegra que perro no come perro”, repetía en tono divertido mientras hacía girar su invento a base de cables para abrir la puerta de atrás, “porque si tengo que esperar por la fuerza de los pasajeros, no termino ni una vuelta”.

Más allá del criollísimo hábito de burlarnos de nuestras desgracias, para mí este mal vino a confirmar una máxima del ayurveda, la antigua medicina china y la biodescodificación: no existen enfermedades, sino enfermos, y hay que aprender a “leernos”, porque la cura de unos es perdición para otros.

Además, me entretienen las numerosas inferencias de un pueblo acostumbrado a meterle ciencia a cualquier suceso: puro análisis sicodemográfico de bodega que la vida parece confirmar, como aquello de que los niños apenas tienen secuelas porque no temen moverse ni con la fiebre más alta; o que a los hombres les duelen menos las articulaciones y por menos tiempo porque no friegan ni lavan con agua fría (Jorge es una excepción); o que la mano más afectada suele ser la que más usas, y sobre todo que la gente de mejor carácter se cura fácil, mientras los gruñones se inflaman y tardan más.

¿Cuánto de verdad hay en todo eso? Ni idea… Ya estuve indagando entre profesionales y lo que sí parece acertado es la influencia del buen ánimo en la recuperación, porque la adicción a sufrir, las comparaciones y el exceso de quejas suele bajar las defensas, no importa sexo o edad.

De consejos y remedios caseros prefiero ni hablar. Espero que los profes de Economía saquen provecho del caso Cúrcuma para sus clases, pues bastó que se divulgaran las virtudes antiinflamatorias de la humilde raicita para que su valor subiera de cinco a 500 pesos (y hasta más) en pocas semanas… ¡Hasta un ginseng milenario palidecería de envidia ante tan brusco interés del mercado informal!

¿Saldremos de esto?, pregunta mi mamá todos los días, y yo le digo que sí, porque lo creo en serio. Justo hoy revisaba en mi archivo las crónicas de 2022 sobre el COVID-19. Aquel virus fue más letal y nos tuvo en jaque dos años, y ya la gente habla de él como si fuera historia de hace tres siglos.

Mi patrón de prueba es el dueto Germán-Maru: por ellos conocí cuan malo era el bicho antes de experimentarlo, y me asustó mucho su desesperación y apatía de meses. Por eso me hizo tan feliz ver su foto este domingo en la Casa de la Amistad.

Con ellos de alta, y con el espíritu inquebrantable de Mire, Adrián, Tay, Mau y el resto de las Fernandas, va faltando poquito para que andemos otra vez de trotamundos, regalando afectos y redescubriendo Cuba.

Espérennos, que llegaremos, así sea cabalgando mosquitos.


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Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...


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