Cuando era pequeña, los colegas de mi mamá solían decir que ambas éramos demasiado inquietas. Si Dávila funcionaba a 220 rpm, lo mío era a 440. La doña lo aceptaba sonriente y respondía que por eso me pusieron Mil-Eyda: porque era mil veces ella ¡desde la barriga! De hecho, superé dos intentos de aborto y era experta en patear a mi hermano cuando ella lo cargaba para quitármelo de encima.
Ya saben, cría fama… La “hija de la ingeniera” era un torbellino al que no se podía quitar ojo porque enseguida inventariaba las posibles trastadas en un radio de cien metros, ¡y ay de quien se interpusiera en mi camino!
Sólo mi abuela materna lograba mantenerme algo quieta, dejándome jugar con su caja de botones o permitiéndome aporrear la guitarra y el piano a mi antojo, para sufrimiento de todo el vecindario (ese karma ya lo estoy pagando).
El hermano con el que crecí era, en apariencia, más tranquilo, incluso se embobecía mirando nubes; pero no perdía oportunidad de hacerme rabiar para inclinar la balanza a su favor. La gente decía que no parecíamos educados en la misma familia y aquellos reproches eran más combustible para mi rebeldía: las diferencias las sabe quien las vive, sobre todo con el agravante de mala salud en uno de los peques.
Luego llegó mi hermano menor y aprendió rápido a ser veleta: analizaba la dinámica del día y sacaba ventajas de las peleas ajenas para hacer lo que le daba la gana. Mi mamá se daba cuenta de sus maniobras, pero decía que tenía tres “hijos únicos” y necesitaba mucha paciencia para maniobrar.
Ahora veo aquellas escenas en retrospectiva y me apiado sinceramente. Cuando las cosas se salían de control, ella se ponía leeeenta, procuraba entender todas las aristas y rumiaba una posible solución antes de llamar a mi papá para que su ceño fruncido nos metiera en cintura.
Con esos antecedentes, parí preparada para lo peor. Sin embargo, el Davo rompió todos los esquemas: era un niño extramanso, precavido y fácil de entretener. Con lo despistada que soy, podía olvidar que estaba cerca mientras no me acribillara a preguntas sobre ciencias o literatura.
De todo eso me acordé este fin de semana, durante la piyamada con los trillizos de la amiga Gisela y la lagartijita de Jojo: tres chicas y un varoncito, todos de ocho años y tan diferentes en sus personalidades.
Oli, nuestra ahijada, es activa y empática. Fernando es muy sensible y amante de la Historia. Fabi, la mayor de los 3/3, es inquieta y de un liderazgo indiscutible (ya convenció a los hermanos de no cederlo hasta 2039), y Frida, una intuitiva pacificadora, es capaz de captar el panorama y salirse del radar adulto para estar a su aire.
Una confirmación pedagógica de este finde tiene que ver con la velocidad: criar bien no significa proteger a toda costa o actuar siempre rápido (a menos que haya peligro inminente, y hasta eso se entrena para detectarlo a tiempo). Es mejor crear experiencias significativas y permitir a los peques aprender de sus propias lecciones, incluso si tienen que frustrarse un rato, porque en la vida no se avanza con caprichos, sino con lecciones y compromisos.
“Paciencia… mucha paciencia… y si se te acaba, busca más paciencia”. En mi niñez, esa frase de Dávila indicaba que ya nos habíamos pasado de rosca en nuestras maldades y era momento de aflojar, o echaríamos raíces en la cama en las siguientes vacaciones.
La mente infantil sigue estímulos y no tiene pudor en aplicar violencia o chantaje para alcanzarlos, aunque se perjudique. No es mala por naturaleza, sólo encuentra atajos y los sigue, y si les da resultado repite esa táctica hasta hacerla rutina porque le sobre tiempo y ganas para afincar sus estrategias.
Como adultos, nos toca pensar con astucia, actuar con ética y sacar a los chicos de ese juego de poder. Demostrarles que podemos ganar porque somos más fuertes y ejercemos autoridad formal es ser más fiñes que ellos. Además, eso se paga a la larga con una inevitable inversión de roles.
Viendo la interacción de los hermanos y la ecuanimidad de la Gise ante sus demandas unilaterales le vi mucho sentido a la teoría de los “tres hijos únicos” y me apiadé de mi mamá: criarnos no fue nada fácil, y sin embargo optó por hacerlo desde el respeto a nuestras individuales, no desde la coerción o la fuerza bruta.
Mi admiración por ambas se multiplicó esta semana, y también creció mi duda existencial de 28 años: ¿Qué méritos acumulé en otras vidas para ganarme en esta una maternidad tan relajada y fabulosa?
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