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martes, 5 de mayo de 2026

Más vale reír que lamentar

Burlarte de tus desgracias les quita poder, solo asegúrate de evitar malentendidos...

Mileyda Menéndez Dávila
en Exclusivo 05/05/2026
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Intimidades
¿Se puede bromear con cosas serias? Yo diría que sí… incluso si es algo triste o desagradable, siempre que sea parte de tu propio crecimiento personal, porque no está bien burlarse de dolores o vergüenzas ajenas. (Jorge Sánchez Armas / Cubahora)

Ese tipo de broma resulta terapéutica cuando pasó suficiente tiempo para sedimentar las emociones y mirar los hechos con frialdad, pero también se puede reír de la desgracia en pleno apogeo, para no sucumbir a una situación desafiante.
Esa es una de las caras de la resiliencia, y no es exagerado decir que en Cuba tenemos un Doctorado en ese recurso. Nuestra idiosincrasia extrovertida nos protege de incómodos malentendidos, pues cuando lo vergonzoso sale a la luz pasa a ser tragicómico y las heridas sanan de la mejor manera.
Tengo varias experiencias de ese tipo, no todas confesables porque involucran el ego de otras personas, así que sólo revelaré un par de ellas, para ilustrar de lo que hablo.
La primera tiene que ver con una patología hereditaria (al hacer el transgeneracional paterno descubrí que viene de al menos cuatro generaciones atrás). La epilepsia de mi hermano mayor fue evidente desde pequeño, con los típicos desmayos y convulsiones, y la del menor se expresó después, con una conducta sarcástica difícil de manejar. Ambos tenían momentos de mucha ira y tomaron (y odiaron) varios medicamentos hasta que cesaron las crisis, bien avanzada la juventud.  
Mis trances empezaron en la adolescencia, sobre todo con ausencias y migrañas, pero me negué rotundamente a tratarlas con químicos. Mi madre confió en mí, como chica juiciosa y funcional que parecía ser, y aprendió a manejar mis diez minutos de berrinche al día con observación y buen humor. 
También descubrió que los peores ataquitos “histéricos” me daban si no lograba controlar emociones, pero se resolvían con un jarro de agua bien fría en la nuca y libertad para respirar y hacer ejercicios a mi antojo. La mejor parte era ver a mi hermanito repitiendo las ridículas frases de esas crisis y convertirlas en códigos para sucesos posteriores.  
Ya avanzada mi vida sexual, cuando superé la anorgasmia que me dejaron otros traumas y descubrí que era multiorgásmica, ese regalo vino con un alto precio: demasiado placer lleva a un cortocircuito que no todos los hombres saben manejar. De esos sustos ya revelé detalles en una crónica de 2024.
La mejor medicina es la prevención, y en mi caso ayudó mucho adoptar una dieta vegetariana y asumir el yoga como estilo de vida, pero llegar ahí fue todo un camino, también cargado de equívocos risibles.
Mi afinidad con esa disciplina se consolidó hace diez años, cuando me vinculé a la fundación El Arte de Vivir, pero su simiente fue sembrada en la infancia, irónicamente por la misma persona que me dejó la experiencia más traumática: un abuso sexual de varios años.
Resulta que aquel personaje repugnante usó posturas de yoga (algo novedoso y polémico por entonces en nuestro país) para acercarse a sus víctimas en el gimnasio que dirigía, y aunque seguí haciendo esos ejercicios por mi cuenta toda la vida, no tuve conciencia de su poder hasta pasar el primer curso de Silencio presencial, con un fabuloso profesor argentino.
Fueron tres días depurando el inconsciente, redescubriendo el valor de cada parte de mi cuerpo, sanando emociones a través de la respiración y resignificando heridas y logros en un proceso fortísimo que nunca dejaré de agradecer.
La mayor revelación fue entender que aquel tipo no me había quitado nada, como siempre creí: ¡yo había superado sus actos despreciables al punto de usar el sexo como materia prima de mi camino laboral, y sin miedo asumí el servicio de ayudar a otras personas a reírse de sus propios traumas!
Además, aquellas asanas, que en sus manos parecían impuras, me sirvieron para manejar la epilepsia sin limitar mi vida amorosa y social. ¡Tantas veces dije que yo no tendría paciencia para el yoga y era algo tan mío desde mi pubertad! 
¿Dónde está lo gracioso? Pues que al romper el silencio el último día del curso quise compartir esa epifanía, pero lloré tanto mientras me despojaba de tan inútiles secretos que el resultado fue brutal: en mi torpe balbuceo no me expliqué bien y aquel profe maravilloso y varias mujeres del grupo entendieron que yo era, ni más ni menos, una orgullosa “profesional del sexo”, ¡feliz de ofrecerles mis servicios con tanta naturalidad! 


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Mileyda Menéndez Dávila

Fiel defensora del sexo con sentido...


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