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jueves, 16 de abril de 2026

El Super Tazón de Bad Bunny (V)

No le restemos relevancia a su arte para molestar a los fascistas…

José Ángel Téllez Villalón
en Exclusivo 16/04/2026
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Super bowl
Solo con el tiempo emergerá el saldo del golpeteo de Bad Bunny con su Super Tazón.

Será la historia quien tararee o borre su estribillo rebelde. Solo con el tiempo emergerá el saldo de su  golpeteo televisado. Si la carga simbólica y el haz de sentidos puestos a circular desde el Levi’s Stadium de California, resultaron lo suficientemente fuertes y significativos como para representar un giro histórico o devenir en grieta  en el entramado discursivo dominante. De cierto modo, eso dependerá del devenir Bad Bunny, de la expansión vectorial de sus gestos en las motivaciones que genere, en sus audiencias más conscientes.

De que se interconecten sus “alumbrones”, lo más crítico y aglutinante de su discurso más reciente, el prevaleciente en su último disco conceptual, con aquel gesto primero de 2019, cuando terminó una gira antes de tiempo para unirse a las protestas que forzaron la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló; con aquel himno callejero que grabó Bad Bunny junto a Residente.

Y no solo que lo haga, que los relacione Camila Herrera Biaggi, quien era aún una adolescente cuando se produjeron esas  manifestaciones. “Fue mi primera protesta”, rememora Camila, reconociendo cómo Bad Bunny la inspiró a participar. “Me dije a mí misma que tenía que ir”.  Si no, que junto a ella, otros muchos  puertorriqueños que como  Camila y Benito Antonio forman parte de la “generación de la crisis”, como la acuñó Mayra Vélez Serrano, presidenta del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Puerto Rico.

Esos que han visto cómo la población de la isla disminuyó en un 11,8 por ciento entre 2010 y 2020, la recolonización de las ciudades y el desplazamiento  de los nativos, la gentrificación que Bad Bunny denuncia en “El Apagón” o en “Lo que le pasó a Hawai”. Los que  han tenido que emigrar y  los que sufren allí los cortes frecuentes de electricidad, el estancamiento salarial y un inasequible costo de la vida.

Otras más señales apuntan hacia el optimismo. El hecho mismo, de que en días previos a su espectáculo de medio tiempo,   en las calles de San Francisco comenzaran a aparecer carteles con los mensajes “ICE Out” y “Chinga la migra”. Como parte de una campaña que usaba como emblema al sapo concho, adoptado por el boricua como símbolo en su disco Debi Tirar Más Fotos.

En enero pasado, en su parada en Santiago de Chile, como parte de su gira mundial Debí Tirar Más Fotos, Bad Bunny rindió homenaje a famoso cantautor folklórico del país, Víctor Jara. Al comienzo del concierto, uno de los músicos de la banda acompañante interpretó en un mandolín una versión instrumental de la canción de Jara de 1971, “El derecho de vivir en paz. Tan pronto resonaron en el Estadio Nacional los delicados acordes, la multitud vitoreó y coreó los poderosos versos del himno la canción. Fue un instante breve, reseñaron, pero con significativas implicaciones, dado el contexto de un pinochetista retornado a la presidencia.

Hasta en Brasil, donde una encuesta de hace 10 años mostró que solo el 4% de los brasileños se describían como "latinoamericanos", después de la actuación del boricua en el intermedio del Super Bowl, las redes sociales se inundaron de declaraciones de pertenencia latina. Incluso, una congresista de izquierda presentó un proyecto de ley para otorgarle el título de "ciudadano honorario", afirmando que esto "construiría otro puente cultural entre Brasil y sus naciones hermanas de habla hispana".

“No se trató únicamente de un show musical, sino de una puesta en escena cargada de sentido político y simbólico, que interpela directamente las narrativas dominantes sobre identidad y pertenencia”, como opina Luis Alonso Hernández. “En tiempos de polarización política y endurecimiento del discurso migratorio, estos gestos culturales adquieren un valor que trasciende el espectáculo. No resuelven las desigualdades ni sustituyen las luchas sociales, pero sí abren grietas en el sentido común dominante.”

Así, también, es muy buena señal su impacto micropolítico en otros territorios emotivos. Tan golpeados por la violencia y el fascismo anglosajón, aunque lejanos geográfica y culturalmente como los de Gaza y Líbano. Algo inimaginable para los cálculos corporativos de Sony, Spotify y Apple Music.

La canción "DtMF" se ha convertido en banda sonora de la nostalgia, para recordar cómo eran sus lugares de origen antes de los bombardeos del imperialismo sionista y para contrastar cómo han quedado luego de los bombardeos. Los usuarios publican estos videos en las de redes sociales con mensajes como "Oh, cuánto te extraño" o "Estamos listos para reconstruir".

Marie-Jose Azzi, una periodista del Servicio Árabe de la BBC radicada en Líbano, cuenta que no solo ha visto videos con esta canción, sino también con temas como "Lo que le pasó a Hawái". "Es la primera vez que veo que un disco político de un artista extranjero, con canciones patrióticas, tiene tanta aceptación". "Los mensajes políticos del disco y 'DtMF' son muy poderosos. Personas de Medio Oriente se han identificado con Puerto Rico", comentó Azzi.

Cual resume el puertorriqueño Ramón Grosfoguel: “Bad Bunny no es descolonial, pero sí puede caracterizarse como antifascista y antirracista. Está movilizando a millones de personas, animándolas y elevando su autoestima colectiva, lo cual resulta políticamente significativo. ¿Es anticapitalista? No lo es. Sin embargo, su intervención contribuye a las luchas antifascistas y antirracistas desde el plano cultural. Esto no impide señalar críticas legítimas, como expresiones de sexismo, su inserción en lógicas capitalistas o la ausencia de una perspectiva descolonial en sentido epistemológico. Aun así, no se le puede negar su aporte: está interviniendo culturalmente en favor de causas antifascistas y antirracistas”.

En tal sentido, la trascendencia de su Super Tazón también estará condicionada por las lecturas  no sectarias, ni puristas que realicemos desde los movimientos revolucionarios.   En no caer en “el sectarismo y cierto infantilismo político de algunos sectores de izquierda” que  “tienden a invalidar luchas que no son una copia exacta de su propia posición, perdiendo de vista la complejidad y la necesidad estratégica de las alianzas en contextos fascistoides de alta violencia y conflictividad política”.

“Adoptar una postura sectaria o purista —según la cual, si una figura no es “anti-todo”, no merece apoyo— conduce a la parálisis política. El “anti-todismo” termina siendo la muerte de la política, porque exigir pureza absoluta imposibilita la construcción de alianzas reales. Ello desconoce el principio de factibilidad política: se pueden sostener discursos moralmente coherentes, pero ineficaces si no inciden en la transformación concreta”, defiende Grosfoguel.

Sin dejar  de formular críticas, sin obviar los límites de su intervención, hay que justipreciar las significaciones de sus gestos y el poder incendiario  de su honestidad. No lo convirtamos en “revolucionario”, pero tampoco le neguemos a su potencialidad de movilizar y activar, desde el lugar que ocupa y con las herramientas simbólicas que tiene. No le restemos  relevancia  a su arte para molestar a los  fascistas como Trump. 


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José Ángel Téllez Villalón

Periodista cultural


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